La parabola de Sísifo

La parabola de Sísifo
La parabola de Sísifo

Cuando vine a estudiar a Madrid en 1972 compré un libro que he releído en muchas ocasiones y que siempre tengo a mano: El mito de Sísifo, de Albert Camus. El párrafo inicial condensa el contenido de toda la obra y supone una declaración de principios. Dicen las primeras líneas: «No hay más que un problema verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosofía».

Y acto seguido Camus escribe que nadie ha muerto por defender el argumento ontológico de san Anselmo y recuerda que Galileo adjuró de la verdad científica para salvar su cabeza. Por ello, según subraya el escritor francés, la única cuestión importante es el sentido de la existencia y «todo lo demás son juegos».

¿Son juegos? Durante mucho tiempo he aceptado como incontestable la conclusión de Camus, pero ahora empiezo a pensar que la pregunta determina la respuesta. Y, en cierto modo, contradice las afirmaciones posteriores del libro porque Sísifo conoce la felicidad en los breves instantes en los que logra subir la roca a la cima.

Camus apuntará en El hombre rebelde que el único sentido de la existencia es la no aceptación de la fatalidad y el esfuerzo por luchar contra la injusticia. Eso es cierto, pero hay también en el ser humano una dimensión lúdica y placentera que sería un error ignorar.

Escribir un libro, tener un hijo, escalar una montaña, ayudar a un amigo pueden justificar una vida. Alguien que se tira al agua y salva a un niño de ahogarse ya ha hecho algo por lo que merece la pena haber nacido. Pero además hay dentro de nosotros una pulsión por conocer que impulsa a Sócrates a aprender las notas de su flauta antes de beber la cicuta.

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La comprensión de lo que nos rodea y el propio conocimiento científico no resultan tranquilizadores, pero contribuyen a dar un sentido a la vida. Parece mejor entender que dejar este mundo sin saber por qué nos pasa lo que nos pasa.

Nunca me he sentido tan pequeño e insignificante como cuando en las noches de verano contemplaba las estrellas en la sierra. Las enormes dimensiones del Universo inducen a reflexionar sobre la brevedad de la existencia, pero también nos hacen sentir parte de algo que, seamos creyentes o no, nos supera.

Por ello, Camus se equivocaba al plantear la cuestión del sentido como una pregunta previa. No tenemos que dilucidar si nos suicidamos u optamos por seguir respirando, tenemos simplemente que vivir. El sentido no es algo dado sino que se busca, se hace. E incluso yo diría que resulta distinto para cada persona.

Vivir es un continuo aprendizaje y siempre que nos queden cosas por descubrir habrá un incentivo para levantarse de la cama cada mañana sin perjuicio de asumir que nuestra existencia está llena de contrariedades y de situaciones dolorosas. Kierkegaard lo expresó de forma muy acertada: «La vida no es un problema que tengamos que resolver, sino algo a experimentar». Es lo único que tenemos.

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