Exclusiva LA RAZÓN: Assange, enemigo de la Primera Enmienda

Exclusiva LA RAZÓN: Assange, enemigo de la Primera Enmienda

25/05/2019 mgalindo 0

El programador y activista Julian Assange podría ser condenado a pasar 175 años entre rejas si Estados Unidos consigue su extradición. El cofundador de Wikileaks se enfrenta a 17 nuevas acusaciones presentadas por el Departamento de Estado esta semana, entre ellas por espionaje. Estos nuevos cargos han provocado una ola de críticas en el país, trasladando al debate nacional el caso Assange y alcanzando una nueva dimensión legal, cuyas consecuencias podrían extenderse al conjunto de la Prensa y la libertad de expresión. Y es que Assange se enfrenta ahora a la extradición solicitada por EE UU a Reino Unido, donde se encuentra detenido desde el 11 de abril por un supuesto delito de conspiración al infiltrarse en ordenadores gubernamentales y acceder a información clasificada por parte de la analista del Pentágono Chelsea Manning quien, que fue indultada por el ex presidente Barack Obama en 2017, aunque ingresó de nuevo en prisión por negarse a declarar contra el activista australiano.De hecho, aunque el propio Obama fue muy crítico en su día con Assange, rechazó presentar acusaciones por espionaje contra él para evitar una escalada de tensión y enfrentarse al peligroso e incierto escenario de la libertad de prensa en EE UU, protagonista absoluta de la Primera Enmienda de la Constitución. La Administración Trump, sin embargo, que no esconde su rechazo diario hacia quien el presidente califica como «enemigo del pueblo», en referencia a la Prensa, podría sentar precedentes. «Es sorprendente que el Gobierno haya prohibido actuar contra la Prensa en recientes casos relacionados con filtraciones de material de inteligencia, pero presenta un caso para criminalizar las revelaciones en éste», destaca Gabe Rottman, director del Proyecto de Tecnología y Libertad de Prensa en el Comité de Reporteros.El «caso Assange» no tiene precedentes en EE UU. Ni el de los «papeles del Pentágono» en los años 70, ni varios intentos de detener la publicación de reportajes, como la de un reportero de guerra de «The Chicago Tribune» en 1942 por una historia que funcionarios temían podrían alterar a los japoneses fueron investigados por violaciones de la Ley de Espionaje. En aquellos procesos anteriores, donde el Gobierno consideró una acción para castigar la publicación de secretos, la Fiscalía no procedió en última instancia. Y no lo hicieron, según los expertos, por las preocupaciones en torno a la Primera Enmienda. Sin embargo, «la acusación de Assange representa la primera vez que un gran jurado ha emitido una acusación basada en una teoría de publicación pura. Esto va más allá de una simple amenaza para las fuentes o la recopilación de noticias. Es una amenaza directa a los reportajes de noticias», asegura Rottman. Considerada por el Departamento de Justicia como una de las mayores filtraciones en la historia de EE UU, Manning facilitó al cofundador de Wikileaks más de 700.000 documentos clasificados, entre ellos secretos sobre las guerras de Irak y Afganistán. La publicación de dicho material es un componente propio del periodismo en EE UU. «No importa si Assange es o no periodista, siempre y cuando quien reciba la información no rompa la ley al hacerlo, recibir y publicar información clasificada para el interés general está protegido por la Primera Enmienda de la Constitución», indica Rottman en una entrevista para LA RAZÓN.

Exclusiva LA RAZÓN: Así se fraguó la entrega de Assange

Exclusiva LA RAZÓN: Así se fraguó la entrega de Assange

25/05/2019 mgalindo 0

La suerte de Julian Assange en la embajada de Ecuador en Londres se decidió la noche del martes 9 de abril. Ese día, el presidente ecuatoriano, Lenin Moreno, sentenció que el ciberactivista australiano tenía que salir de la legación diplomática en 24 horas. El mandatario había tomado esa determinación después de que se viera expuesto a «chantajes y amenazas» por parte de miembros de Wikileaks, según explicó a LA RAZÓN una fuente conocedora del caso que pide el anonimato. Tras la salida de la presidencia de Rafael Correa en Ecuador en 2017, Assange había perdido a su principal protector. Correa fue el que decidió darle refugio en 2012 cuando el australiano rompió las condiciones de libertad condicional y escapó de la Justicia británica ante una orden de extradición de Suecia, donde era reclamado por las denuncias de violación y abuso sexual a dos mujeres en 2010, sacadas a la luz poco tiempo después de que Wikileaks revelara miles de documentos confidenciales de EE UU en las guerras de Irak y Afganistán.Los encontronazos de Assange con el nuevo Gobierno de Moreno fueron creciendo hasta el punto de que el fundador de Wikileaks denunció en 2018 a las autoridades de Quito por violar sus derechos fundamentales y libertades. Esta ofensiva se produjo siete meses después de que la embajada le cortara el acceso a internet. Tras las quejas del embajador sobre el mal comportamiento del «hacker» y el uso que éste hacía de las instalaciones diplomáticas recibiendo continuas visitas, Ecuador decidió imponerle unas reglas de limpieza con su mascota, protocolos de atención médica, la necesidad de pagarse sus gastos y restricciones a las visitas. En caso de violarlas, su condición de asilado se daría por terminada. Y eso es lo que finalmente sucedió en el mes de abril, cuando el presidente Moreno perdió la paciencia con su huésped indeseado. La resolución de expulsarlo fue tan rápida que no hubo filtraciones en Ecuador. Nadie sabía que el asilado político más famoso del mundo estaba a punto de ser desalojado de la que había sido su casa durante siete años. «Él tampoco se lo esperaba», añade la fuente consultada. Las autoridades británicas querían sacarlo de madrugada para evitar que fuera objeto de una mayor exposición mediática, pero desde Ecuador se decidió que Assange «iba a salir a la luz pública, por la puerta y a la vista de todo el mundo».El ciberactivista fue citado por el embajador en su oficina a las nueve y media de la mañana. Assange apareció unos 20 minutos más tarde a su encuentro con el jefe de la legación diplomática. Al salir de su habitación, los guardias de seguridad le condujeron a la sala de reuniones y le comunicaron la decisión del Gobierno de suspenderle la ciudadanía ecuatoriana concedida en 2017 y también de retirarle el asilo. En ese momento, Assange trató de regresar a su habitación, pero cuatro guardias lo agarraron de los brazos. La fuente de LA RAZÓN explica que «lo condujeron a la puerta de la embajada, donde los policías británicos estaban esperando. Lo envolvieron con una colcha, lo tumbaron y lo cargaron para evitar que el detenido se golpeara a sí mismo. Sólo se le veían las zapatillas y la cabeza. Todo fue muy profesional, una operación tranquila y sin dramatismos».Durante más de un mes, la habitación de Assange estuvo precintada. Según otra persona cercana a la investigación, ningún abogado del detenido reclamó las pertenencias que se encontraban en el interior de la embajada. Sí que lo hizo el Departamento de Justicia de Estados Unidos, que en virtud del acuerdo de asistencia penal internacional que tiene suscrito con Quito, solicitó acceso al material electrónico del activista. El pasado lunes, peritos enviados por la Fiscalía ecuatoriana se incautaron de los dispositivos electrónicos hallados en el cuarto, al que sólo tenía acceso Assange mediante con código secreto. Era uno de los espacios de la embajada –un piso de unos 300 metros– que no estaba vigilado con cámaras de seguridad. Según ha podido saber LA RAZÓN, en el interior encontraron 36 ordenadores, 30 teléfonos móviles, unidades de memoria, cámaras, grabadoras, CDs, manuscritos, un maletín con dos juegos de esposas y 30.000 euros en diferentes monedas. Los ordenadores contienen 110 terabytes en archivos con siete y ocho capas de encriptación. El descifrado de este material podría llevar seis meses. Estados Unidos recibirá próximamente una copia de los archivos cifrados, que podráin ser claves en los 18 cargos que la Justicia de ese país ha presentado contra el activista, uno de ellos por espionaje. La prensa estadounidense asegura que sobre Assange podría recaer una condena de hasta 170 años de prisión si fuera hallado culpable de todos estos cargos. Eso si Reino Unido decide el próximo mes de junio extraditarlo a EE UU. La otra opción que tiene Londres es entregarlo a Suecia, donde se ha reabierto el caso por presuntos abusos sexuales.

¿O Woodward o Drácula?

¿O Woodward o Drácula?

23/05/2019 mgalindo 0

Assange con comilonas en el Museo del Prado y menús de tropecientos platos cocinados por Ferran Adrià. Celebraban sus acciones, que desestabilizaron la seguridad de varios países y hacían temer por sus colaboradores en lugares chungos, como si en lugar de un tipo con fuentes desconocidas y amistades peligrosas fuese el Bob Woodward de los tiempos modernos. Cambiará el periodismo, sentenciaron agudos linces. Después supimos, ay, que Assange no recibirá el Pulitzer. Con su detención ahora lo acusan de haber usado la embajada de Ecuador, puesta a su servicio por el inefable Rafael Correa, también conocido como tugurio BDSM. Lo asegura, entre otras, una fuente conocedora del caso que pide no ser identificada. Una garganta profunda (¡y qué gran nombre para hablar de Assange!), que describe a alguien capaz de defecar en el pasillo del edificio y decorar con sus heces las paredes. Un supremacista, intuyo, aparte de un heterodoxo en la noble tradición del arte rupestre. Convencido de que podía abusar de la hospitalidad de los ecuatorianos porque, bueno, porque los chicos del norte gozan del derecho de pernada en casa del servicio. Así, cuenta que Assange declaró la república independiente de sí mismo, que nadie excepto sus invitados tenía derecho a entrar y que en las habitaciones que le habilitaron, a que acudía toda clase de gente, hubo mujeres a cuenta de terceros. Convencido de que circulaba por encima del bien y del mal, rey sol de las sombras, dice que tenía línea directa con Harrods, los grandes almacenes de lujo, a los que pedía grandes comilonas. El caviar y el vodka Beluga habrían convivido con unos discos duros encriptados con una tecnología tan puntera que llevará meses acceder a ellos, si es que es posible. Claro que el ex cónsul de Ecuador en Londres, Fidel Narváez, ha negado a la agencia de noticias Sputnik que Assange gastase como un pachá y niega los privilegios. Ególatra, vanidoso, pagado de sí mismo, carente de empatía… Los términos con los que le definen algunos de sus colaboradores parecían más apropiados para un canalla que para el emperador de la prensa libre. Pero si Assange corría a refugiarse en la embajada estábamos ante un Robin Hood perseguido por los poderes maléficos del mundo. Nadie entre los blandos aliados del feminismo de cuarta generación pedía cuentas por la solicitud de extradición cursada por la justicia sueca, que le reclama por presuntas agresiones sexuales. Solicitud que, todo hay que decirlo, parece floja. Y precisamente por eso tendría que haberla encarado, hombre libre juzgado por hombres libres. Como en el caso de España y sus golpistas, amparados por Estados gamberros y jueces prevaricadores, nuestros intelectuales de guardia concluyeron que Suecia no será tan garantista si persigue al campeón de los cables filtrados. O peor: que había intereses ocultos, presiones de las cloacas, para hacerle viajar hasta Washington con escala en Estocolmo. La petición de extradición, reabierta por la Fiscalía, había sido suspendida en 2017 ante la imposibilidad de seguir investigando. El ensayista británico Andrew O’Hagan, que fue un firme defensor de Assange e incluso colaboró en un proyecto de biografía, definía al mandarín de Wikileaks, en una entrevista concedida a Alexander Bisley, de la revista «Vox», como un tipo «con la piel muy fina, conspirador, falso, narcisista, y convencido de que es el propietario del material que canaliza», también «abusivo y monstruoso en su búsqueda de la verdad que le interesa… Probablemente esté un poco loco y sea [un tipo] triste». Añadía que «no necesitas ser el doctor Freud para saber que tiene un complejo de poder y al mismo tiempo se siente víctima». Escandalizados, los que tuvieron que soportar sus caprichos nunca recibieron el homenaje que sí tributaron a Assange referentes como Donald Trump. («Tío, amo leer los Wikileaks», «Wikileaks es como un tesoro»). Contaba David Keller, ex director de «The New York Times», el mismo del que sacaba su recuerdo de la comida en Madrid, que el príncipe de Wikileaks participó en un debate en Berkeley. «Apareció por videoconferencia, como el poderoso Oz, para pontificar sobre el hecho de que los medios occidentales no hubieran convertido los archivos en una especie de juicio de Nuremberg contra imperialismo estadounidense. Cerca de la mitad de la audiencia parecía a punto de tirar su ropa interior a la pantalla». Imagino que la Administración de Donald Trump, que ha cambiado de parecer y ya no trata al pirata informático de héroe, usará el caso para erosionar las libertades e intimidar a sus némesis, periódicos y etc., con la Primera Enmienda en danza. Pero es hiperbólico sostener que el prisionero de la embajada, con sus juegos de esposas, su mesianismo trash y sus maletines de ganzúas, fue la gran promesa de la prensa libre. De creer a quienes afirman conocer desde dentro la aventura, nuestro Carl Bernstein más bien parece una versión escatológica y «light» de los personajes acuñados por Thomas Harris.